lunes, 12 de octubre de 2009

¿Ser universitario es un factor de riesgo para el bienestar emocional?

Es una meta de la adolescencia llegar a elaborar una identidad propia, parte de esto es encontrar una profesión que ayude a la definición personal y permita un tránsito adecuado hacia el mundo adulto. Sin embargo, estudios realizados en estudiantes universitarios de Lima demostrarían que ésta población tiende a ser más vulnerable a ciertos factores psicológicos de riesgo.


El estudio “Características sociodemográficas y niveles de depresión en estudiantes ingresantes a la UNMSM a través de la escala CES-D” (Riveros, 2003) arrojó que de una muestra 382 alumnos el 40% está propenso a desarrollar un cuadro depresivo. Así mismo, Amézquita y cols (2003) evaluaron una muestra de 625 estudiantes de diferentes programas académicos encontrando una prevalencia del 49,8% para depresión, 58,1% para ansiedad y 41% para ideación suicida.

En este segundo estudio, las asociaciones para depresión y ansiedad que resultaron estadísticamente significativas fueron: sexo femenino, pérdidas afectivas, insatisfacción con la carrera, dificultades en las relaciones con compañeros y docentes, responsabilidades académicas y comportamiento suicida.

Así mismo, en los estudiantes universitarios la depresión puede constituir un problema importante, pues al malestar psicológico del individuo se agrega la imposibilidad de obtener un rendimiento académico satisfactorio, ya que las funciones cognoscitivas quedan alteradas.
Varios estudios indican que la frecuencia de los cuadros depresivos es mayor en la población estudiantil que en la general. Entre los factores sociales externos que tienen mayor incidencia para generar depresión en universitarios se encuentra el elevado costo de los estudios y un mercado laboral muy limitado.

Así mismo y sin precisar cifras, es por todos conocidos el incremento en las tasas de depresión, suicidios, hogares desintegrados, violencia intrafamiliar y drogadicción en sus diferentes modalidades. A esto se le suma, en nuestro país, la situación de desarraigo cultural por el que pasan muchos de los adolescentes al venir a Lima para llevar a cabo sus estudios universitarios.
Es sabido que toda persona reacciona ante cualquier cambio importante de la vida; pero cuando estas reacciones alcanzan determinado grado de impacto y no son resueltas por los canales adecuados, propios de una personalidad madura, pueden considerarse como trastornos emocionales.

Existen grupos de personas que son más vulnerables, entre ellos se encuentran los adolescentes, en quienes aparecen otras formas de conducta y se expresan como problemas de relaciones familiares, sociales, sexuales, académicas y de trabajo.

Es muy importante que los padres o cuidadores estén muy atentos a aquellos cambios de ánimos, actitud o motivación de sus jóvenes hijos para que puedan conversar con ellos y/o pedir la asesoría de un especialista.
RIVEROS Q., Marcelino, HERNANDEZ V., Héctor e RIVERA B., José. Niveles de depresión y ansiedad en estudiantes universitarios de Lima metropolitana. Rev. Investig. Psicol. (Online), jun. 2007, vol.10, no.1, p.91-102. ISSN 1609-7475.

Yo? Celosa/o? Por favor!!!!

Es probable que más de una vez haya estado a merced del monstruo de los celos y haya sido alentado/a por sus amigos, hermanos o demás a “investigar” a su pareja, cual detective privado, o haya puesto más atención a ciertos cambios en él o ella.

Interesados en las diferentes reacciones que se pueden tener ante una infidelidad, investigadores de la universidad de Málaga decidieron hacer hincapié en las diferencias entre hombres y mujeres ante este difícil tema.

Básicamente, la investigación estuvo orientada a conocer las diferencias entre hombres y mujeres en las situaciones desencadenantes de celos, así como el proceso de comparación social inherente a dicha emoción. Con este objetivo, un total de 408 hombres y 415 mujeres, españoles, con una edad media de 38 años, respondieron ante una hipotética infidelidad, sexual o emocional, de su pareja con un supuesto rival, cuyas características de dominancia y atractivo físico fueron manipuladas por los investigadores.
De acuerdo con la hipótesis de partida, la infidelidad sexual es la que más celos e ira genera tanto a hombres como a mujeres, lo que coincide con el planteamiento sociocultural: la agresión al elemento pasional supone la amenaza a la exclusividad de la relación amorosa.

El análisis de las diferencias de género refleja una reacción de ira y de celos menor en los hombres ante la infidelidad emocional, lo que está apoyado por abundante bibliografía.
Sin embargo, no se ha encontrado en el presente trabajo apoyo empírico a la hipótesis de que exista mayor preocupación masculina ante la infidelidad sexual, siendo ésta la que más practican los hombres.

Respecto al proceso de comparación social con el rival, parece que la autoestima de hombres y mujeres corre mayor peligro ante rivales que no son sobresalientes en aquellos ámbitos que cada género considera como pilar de su identidad. Descubrir que nuestra pareja está interesada en un individuo no deseable socialmente es un duro golpe para la autovaloración personal.

Esto podría ser explicado por un peor ajuste social. Es más aceptable, desde el punto de vista social, que nuestra pareja sea infiel con una persona valorada; una aventura con una persona no deseable supone un mayor insulto y amenaza a la autoestima.

Las diferencias encontradas en cuanto a las características del rival en función del tipo de infidelidad sugieren que un tercero no valorado es el que más amenaza la autoestima, mientras que uno valorado amenaza la exclusividad relación. Diversas investigaciones proporcionan soporte empírico a la mayor importancia que los hombres dan al atractivo físico de ellas, así como al especial interés que las mujeres poseen por el poder adquisitivo de ellos. Parece que este tipo de demandas ha llevado a cada género a valorar más, en su autoconcepto, aquellas características que le aumentan la probabilidad de ser elegido/a como pareja.

También se han hallaron interesantes tendencias:

Existe aparentemente mayor sentimiento de inferioridad que presenta el hombre ante la infidelidad sexual, ya que podría ser indicador del daño al amor propio masculino. Esta dirección ha sido señala por diversos estudios que han reflejado como los hombres relacionan el sexo con los logros personales y el orgullo.

En la escala “miedo o inseguridad” se pregunta por el sentimiento de celos y de amenaza, siendo la única ocasión en que la mujer señala la situación emocional como la más estresante. Diversos autores defienden que para las mujeres el sentido de sí mismas y de su propia dignidad está fundado en su capacidad para crear y mantener relaciones, por lo que tienden a proteger la continuidad de la misma.

De esto se podría vislumbra una preocupación, amenaza y ansiedad más alta ante la infidelidad emocional para la mujer, mientras que el hombre se siente más avergonzado, infravalorado e inferior ante la sexual.

Finalmente, el análisis de las diferencias entre sexos refleja: una respuesta emocional de mayor intensidad en las mujeres; tendencias en los hombres a manifestar una preocupación menor por la infidelidad emocional y la percepción de amenaza a su autoestima ante la infidelidad sexual; una mayor sensación de peligro para la continuidad de la relación por parte de las mujeres ante la infidelidad emocional. También se ha observado que un rival no valorado, en aquellos campos de autodefinición de cada sexo, suscita un mayor sentimiento de inferioridad.

* Información adaptada del trabajo “Reacción de celos ante una infidelidad: diferencias entre hombres y mujeres y características del rival” de los autores Patricia García Leiva, Luis Gómez Jacinto y Jesús Mª Canto Ortiz. Paper publicado en Psicothema 2001 vol 13 N4 Págs 611- 616.

lunes, 5 de octubre de 2009

Tatuaje y adolescencia: ¿Moda o síntoma?

En el área de la personalidad, tanto las tempranas experiencias corporales como la presencia de un entorno cálido y consistente resultan importantes para la constitución de una imagen corporal que forma parte de nuestra forma de ser y actuar en el mundo, no menos relevante es que el cuerpo responde a un discurso social que nos hace partícipes de un imaginario colectivo.

En líneas generales, el tatuaje posibilita externalizar un amplio espectro de situaciones afectivas a la vez que constituye, bajo ciertas circunstancias, un medio eficaz para ligar y dotar de representabilidad a estados internos de tensión y angustia. Por lo tanto, cumple esencialmente la función de un “operador psíquico” de distintos alcances. Se podría decir que la piel se utiliza como un espacio intermedio donde el dibujo adquiere un carácter de transicionalidad. Su aparición en la adolescencia correspondería a dos vertientes principales: el procesamiento de duelos y la temática de la identidad.

“Es mi cuerpo. Yo hago con mi cuerpo lo que quiera”
Los cambios puberales inciden en la experiencia corporal inmediata, es decir, se dan modificaciones en la apariencia física, y en la representación mental del cuerpo o la imagen corporal. Que este crecimiento físico pueda ser asimétrico y que haya un resultado final incierto o insatisfactorio, supone de por sí un motivo importante de frustraciones. Es en este contexto, en el que aun prevalecen vivencias de ajenidad, cuando es más probable que se presente la inclinación a tatuarse.


Esto apoyaría la idea de un desfase entre los cambios corporales y la posibilidad de duelar la pérdida del cuerpo infantil. Así, a la falta de una elaboración mental que requiere otros tiempos, la naciente representación de un cuerpo adulto es tramitado a través de un acto concretizado en la piel.

“Me hace sentir seguro tener un dragón en mi cuerpo. Cambias de personalidad”
En cuanto al procesamiento de las nociones edípicas, la elección del diseño ilustra el predominio de ciertas identificaciones y pueden constituir una manera de contrarrestar un conflicto subyacente en el armado de la identidad sexual:
  • Tatuajes que revelan un simbolismo fálico en las mujeres: cobra, serpientes
  • Tendencias pasivo-femeninas en los hombres: Piolín, Hello Kitty
  • Tatuajes que reflejan fantasías de bisexualidad: seres o animales mitológicos, ángeles
  • Las inscripciones alusivas a nombres de uno o ambos padres o el tatuar sus rostros nos hablan de la persistencia de lazos edípicos.
Así mismo, cierta cuota de la omnipotencia infantil tiende a conservarse en la cualidad mágica del tatuaje, a veces expresada explícitamente, esto es, desde adquirir las cualidades que se le atribuyen al dibujo, hasta vivenciar que mediante el tatuaje ocurre una transformación radical en el sentir actuar del sujeto tatuado.

Otros diseños que representan momentos felices, sean de unión familiar, de la pareja, un nacimiento, etc. estarían expresando un modelo idealizado de vida, así como la fantasía de perduración de dichos momentos. Así mismo, el tatuaje también puede aparecer frente a pérdidas reales como recuerdo simbólico y eterno.

“El tatuaje es un sentimiento. No cualquiera se hace un tatuaje”

Con respecto al tema de la identidad, un primer tema es que, por sus mismas características cambiantes, la adolescencia es una etapa de crisis en la identidad que normalmente culmina en una mayor estabilidad personal. Por esto, son esperables y deseables los intentos de autoafirmación. El punto aquí es cómo el tatuaje advino en una de los medios privilegiados para expresarla.

Existe un acento colocado en lo vivencial, pareciera que existe una experiencia subjetiva que refuerza un sentido de mismidad. También está presente un efecto de apuntalamiento de la autoestima, donde el dibujo representando asume a menudo la función de compensar sentimientos de desvalorización. Otro aspecto a tener en cuenta es la necesidad de identificarse con algo o alguien y la búsqueda de una pertenencia grupal.

* Texto adaptado del libro “Tatuajes. Una mirada psicoanalítica” de Silvia Reisfeld, publicado en el 2004.

Entre padres y padres sustitutos

“Yo he tenido que hacer de mamá y papá” Cuántas veces escuchamos esto de parte de madres que han tenido que adoptar ambos roles paternos para criar a sus hijos. Es probable que sólo ellas sepan mejor que nadie que no es fácil reemplazar al padre y que a veces es imposible.

Si bien cuando nos referimos al padre estamos pensando en el padre biológico, esto no significa desconocer que hay situaciones – variadas y muchas – en que son otros los que cumplen las funciones paternas. Porque se trata de eso, de funciones que tiene el padre y que a veces las cumple otra u otras personas “en vez de”, “a falta de” o “además de” el padre biológico. En nuestra cultura, es difícil encontrar sustituto(s), ya que no resulta fácil aceptar el rol y menos realizarlo.

Hay grandes diferencias entre los padres y sus figuras sustitutas. Podemos mencionar que, por lo general, los padres son padres hasta que pierdan la vida, más allá de los altibajos que puedan presentarse en la familia (divorcios, separaciones, etc.), los sustitutos suelen aparecer y desaparecer con más facilidad, ya que suelen durar mientras las circunstancias los mantienen cerca del niño.

Cuando se habla del tema de las figuras paternas sustitutas, se señala que las funciones paternas pueden ser cumplidas por otros, como pueden ser el maestro, los abuelos, algún tío, vecino o amigos de la familia. Pero, salvo los parientes, el resto va y viene, cambian de domicilio y entonces estos vínculos pueden terminar de manera abrupta, dando paso a sensaciones de abandono y tristeza por parte del niño debido a la ausencia de esta figura. Es por esto, que se le debe de explicar, en sus propias palabras y según su nivel de desarrollo, el por qué de la situación de separación, con el fin de contrarrestar sentimientos de culpa, inseguridad, tristeza y abandono.

Alguien que suele (o intenta) ocupar el lugar del padre biológico, es el nuevo compañero de la madre y las cosas pueden no ser siempre fáciles para cada uno de los implicados. Empecemos por lo más simple de analizar, el tiempo. Si la pareja mantiene una relación estable y duradera, este aspecto no debería ser complicado, pero cuando las relaciones se van sucediendo, es muy posible que el niño se encariñe con los primeros, creyendo que le llegó la hora de tener padre a tiempo completo, pero luego a los que vengan después los irá recibiendo con indiferencia o rechazo.

Esto agravará la sensación de soledad y su desvalorización como persona, al tiempo que tensa la relación con su madre y con el mundo externo. En muchos casos se sentirá culpable de que nuevamente hayan “abandonado” a su madre o se sentirá insuficiente para reconfortarla ante el nuevo fracaso afectivo.

Siguiendo a la corriente psicoanalista, se podría analizar el caso de la mujer divorciada que pronto vuelve a tener pareja, con lo que el niño reencuentra un representante del sexo masculino que le permite retomar su desarrollo edípico. Hasta aquí podo parece estar bien, es decir, se tiene una figura externa, que servirá de referente para romper el lazo simbiótico madre-hijo y con la cual pueda ser fuente de identificación, afecto, contención y gratificación del niño. Pero podríamos preguntarnos si el niño puede ser capaz de “cambiar de padre” sin sentirse culpable de “matar” a su padre biológico.

Es importante considerar que uno no se transforma fácilmente en el hijo de cualquier hombre, a pesar de tener una necesidad de filiación innata. Es decir, este proceso de incorporar a un nuevo miembro a su familia, debe ser llevado por el niño de la manera más adecuada posible, con el fin de que se consolide un nuevo vínculo suficientemente sano y sólido. En muchas ocasiones se hace necesaria la ayuda de especialistas, sobre todo si el niño empieza a presentar conductas regresivas y/o agresivas en casa o en el colegio.

Adaptado del Libro Ser padres en el tercer milenio de Jorge Luis Ferrari (2007).

lunes, 28 de septiembre de 2009

Ante el divorcio ¿Cómo pueden llegarse a sentir los hijos?

Inseguridad Personal

“El elemento más importante en la formación de la estructura de base de la personalidad de un niño es el concepto de sí mismo, es decir la imagen mental que tiene de su persona… Su comportamiento depende de los esquemas mentales que lo guían, el más importante es el concepto de sí mismo”.

Para un niño, el mundo son sus padres, ellos son todo lo que tiene. Si uno de los padres desaparece, el niño puede incorporar conductas regresivas y sentirse sumamente angustiado no sólo por lo que le signifique en su cotidianeidad (actualmente cuando se divorcian el 73% de las mujeres, que quedan a cargo de sus hijos, desciende en su nivel de vida), sino también por sentirse más vulnerable ante el mundo. Esto, tendrá que ser contrarrestado por el padre que permanece a su lado, quién lo rodeará de cariño y comprensión, procurando que su entorno sea lo más edificante posible.

Sentimientos de culpa

Pueden presentarse sentimientos de culpa, por ser “un niño malo” y haber provocado la separación. Esto para los chicos es terrible. Los adultos hemos aprendido que el mundo no es blanco o negro, que las personas no se dividen en malas y buenas. Pero para un niño, en el mundo sólo están los buenos y los malos, los buenos son los que lo quieren y le traen caramelos, o le sonríen, o lo llevan al parque y los malos son todos aquellos que se portan mal o que hacen daño y que nadie los quiere.

El ser bueno y el querer van juntos, por lo tanto si a él no lo quieren, si se alejan de él, es porque él es malo. Esto genera en el niño reacciones varias, desde la tristeza y la melancolía hasta la agresión y la violencia. Algunos, tímidos y temerosos del exterior se encerrarán en sí mismos y otros, extrovertidos y temerosos se desquitarán con el mundo manifestando conductas agresivas.

Problemas de conducta

Se dice que parte del rol del padre es transmitir la ley e introducir al niño en el mundo exterior, pues si bien esto no hay que tomarlo al pie de la letra. Sin embargo, la madre también puede ser quien la transmita, pero en el caso de madres solteras suele ser difícil cumplir con todas las funciones. De hecho, a veces, ni estando los dos padres pueden, aunque el padre y la madre son los dos rieles sobre los que avanza el niño. Un riel no puede reemplazar al otro, pero entre los dos aseguran la dirección del tren.

* Adaptado del Libro Ser padres en el tercer milenio de Jorge Luis Ferrari (2007). Capítulo IV

Madres: antes y después

“Pater mincertum, mater certissima”
(“padre incierto, madre segurísima”)


Si hay algo que ha preocupado durante milenios al macho de la especie humana, al punto de predisponerlo a tomar una serie de medidas legales, culturales, religiosas y sociales, ha sido el temor de no ser el padre de sus hijos.

Los griegos y los romanos, así como las religiones judeo - cristianas, entre otras, dieron total autoridad al padre sobre su esposa e hijos. Esto fue cambiando y en las últimas centurias en las que dicha autoridad se fue moderando hasta que en el siglo pasado quedó definitivamente cuestionada.
Ahora bien, se dan casos en los que existen padres que parecen que no tienen autoridad sobre su familia, y es que en necesario que la autoridad moral se la gane en base a dedicación y cariño, y no en base a leyes y costumbres – como las de antaño - que ponían en una línea a Dios, al rey y al padre, siendo este último el representante de los dos primeros. Pudiendo y debiendo castigar, aún con la muerte o el encierro, cualquier desobediencia.

Durante los primeros milenios de la civilización, abandonar a los hijos era una práctica común y la mortalidad infantil llegaba a índices muy altos. Los hijos, en aquellos tiempos, eran más bien una carga que muchos padres preferían entregar a las órdenes religiosas o a alguna familia pudiente, hasta que aparecieron los orfanatos, allí crecieron los que no murieron de hambre, frío o enfermedades que hacían fácil presea de esos niños.

Hasta el siglo XVIII para los bebés era más frecuente morir que vivir, esto fue cambiando rápidamente en los dos últimos siglos debido a ciertos avances en la higiene en la medicina y salubridad con la extensión de las redes de alcantarillado y redes de agua potable, así como también con la convocatoria a las madres que hizo Jean Jacques Rousseau en 1762.

Rousseau viendo la cantidad de niños que morían abandonados o que sufrían en manos nodrizas, proclamó a los cuatro vientos que las madres deberían permanecer al lado de sus hijos para amamantarlos y cuidarlos. No fue el único que habló y escribió sobre ese tema, pero fue el que más repercusión tuvo. Lo hizo como filósofo y como padre de varios hijos, a los que según parece, él mismo dejó al cuidado de la madre.

Si bien el mensaje tardó en llegar, poco a poco fue ganando adeptos. En realidad, era muy conveniente para todos. A la mujer le daba una misión clara y precisa sobre qué hacer en la vida: cuidar sus hijos. Incluso con ésta tarea hasta podía descuidar al marido.

El Estado solucionó de manera económica un problema que crecía diariamente: la enorme tasa de mortalidad infantil y los bajos índices de crecimiento poblacional que debilitaba a las nacientes naciones, las cuales necesitaban soldados para sus ejércitos y colonizadores para extender sus dominios en el mundo.

El padre quedó satisfecho por tener alguien de la familia que se encargue de su progenie, a menor precio y con mucho más cariño que las nodrizas. Esto constituyó, además, una manera de retener a la mujer en su casa. Si atender a los chicos implicaba que lo desatendiera e n algunas cosas a él no le importaba mucho. Además, le era fácil conseguir quién lo atendiera fuera – se dio una gran proliferación de prostíbulos durante los siglo XVIII y XIX.

Así salimos del siglo XVIII y atravesamos todo el siglo XIX, durante el cual la madre se hizo progresivamente cargo de sus hijos. Poco a poco se hizo menos frecuente abandonarlos o enviarlos con nodrizas que los criaran. El padre tenía autoridad absoluta sobre su esposa y sus hijos, pero de éstos no se ocupaba de manera directa ni cercana, al menos mientras los niños fueran pequeños.

Poco a poco, a partir de las medallas ganadas al lado de la cuna, la mujer fue subiendo su prestigio dentro de la sociedad. Ellas, que en algunas culturas eran igualadas con los animales o con los niños, que en muchos lados eran compradas y vendidas y cuya muerte o desaparición se consideraba menos preocupante que la de una vaca o de una yegua, se convirtieron progresivamente en el centro de la familia y de la sociedad.

Mientras más machista y patriarcal era una sociedad más veneraba a la madre. Toda la familia empezó a girar en torno a ella, las leyes la promovieron y protegieron, ante su palabra el hombre retrocedió y cual niño frente a su madre, fue cediendo autoridad, presencia y bienes.

Las mujeres ganaron un espacio diferente en el mundo y reclamaron ser tratadas en pie de igualdad. Curiosamente los movimientos feministas, que surgen el siglo pasado, renegaban de la posición de la mujer en el hogar a cargo de sus hijos. Sólo algunas fueron conscientes de que esa había sido la llave que le abrió la puerta del nuevo mundo: ser dueñas de los hijos las hizo indirectamente, dueñas de su propio destino.

Tras Rousseau, todas las ciencias de la salud argumentaron a favor de la madre como cuidadora de los hijos, aparecieron centenares de libros de puericultura con consejos y recomendaciones para las madres.

Desde el Estado, desde las religiones, desde la escuela (“mi mamá me mima, papá trabaja”), desde los consultorios médicos y desde el diván del psicoanalista, todos al unísono enviaron a la madre al lado de la cuna, de donde sólo podría salir minutos antes de convertirse en abuela y…sin alejarse mucho “porque se es madre para toda la vida”.

Ante esto, se inventó una herramienta tan eficaz como poco científica: “el instinto materno”. Las madres debían quedarse a cuidar a los hijos porque la naturaleza o Dios, las había dotado de un “instinto especial” para adaptarse a las necesidades de los niños. Fue la misma ciencia que en su intento de alejarnos de los animales, tras reconocer que en el ser humano no se puede hablar tan livianamente de instintos, suplantó ese concepto por el del “amor materno”; quién lo iba a negar, oponerse era levantarse contra su propia madre.

Y allí quedaron las mujeres encerradas en su casa cuidando a sus hijos, en silencio tratando de escuchar la voz de la naturaleza o de Dios, que les dijera qué hacer con su recién nacido. Por suerte, la voz de la experiencia, a través de sus madres y hermanas mayores o vecinas, la ayudaron un poco hasta que nació la puericultura, los neonatólogos y los pediatras. Estos últimos fueron los primeros en dudar del “instinto materno” a juzgar por la cantidad de visitas y llamadas telefónicas que le hacían las madres primerizas.

Los miedos y estados depresivos, que suelen tener las madres luego del nacimiento de su primer hijo, tampoco hablan muy a favor del “instinto materno”, ellos expresan más bien el sano temor de una persona frente a una responsabilidad para la cual no hay preparación alguna y frente a la cual la sociedad, incluido su marido, la suelen dejar sola en aras de que el “instinto” le dirá qué hacer. Por suerte estos conocimientos, a través de cursos, revistas, libros, películas y programas de radio y TV, hoy están al alcance de cualquiera.

* Adaptado del Libro Ser padres en el tercer milenio de Jorge Luis Ferrari (2007). Capítulo I

lunes, 21 de septiembre de 2009

Diferentes, pero padres por igual

“Mientras que la madre lleva a su hijo en el vientre,
el padre lo lleva en la cabeza”

Como todos sabemos, hay pruebas irrefutables sobre las diferencias entre la mujer y el hombre, por lo que las formas de aproximarse a sus hijos/as serán diferentes también, aunque e sto no signifique que para un bebé la mujer sea todo y el varón nada.

Ciertamente, el varón no está físicamente equipado para amamantar al bebé, pero es capaz de ofrecerle todo “lo demás” - el afecto, la comunicación, los cuidados, el tiempo, la dedicación, el interés – para reforzar su desarrollo global (social, afectivo, cognitivo, físico, etc.).

Ahora bien, el bebé para crecer adecuadamente necesita no sólo ser nutrido con leche y afecto, sino también de diferencias. La voz de la madre se enriquece si al lado el bebé escucha la voz del padre. La matriz de base del niño gana, no sólo por grabar dos voces en vez de una, sino también por registrar las diferencias entre una y otra. Lo mismo sucede con el contacto corporal, dos pieles distintas, olores y calores diferentes, dos tratos, dos formas de mecer, etc. y se enriquece además por ser capaz de apreciar, querer y necesitar a las dos personas. Sentir desde la cuna que lo diferente es necesario y querido, resulta la mejor preparación para desenvolverse luego en el mundo exterior.

Aparentemente las mujeres tienen una mayor sensibilidad para sentir lo que le pasa a su bebé, escucharlo de lejos cuando llora o hasta presentir a distancia cuando algo le sucede, sensibilidad que puede estar relacionada con condicionamientos culturales y características personales. Pero, también es cierto que hay muchos hombres, que habiendo estado junto a sus hijos desde el principio, poseen también esa sensibilidad especial.

Los hombres poseedores de ésta hipersensibilidad que les permite cuidar satisfactoriamente a sus bebés están aumentando de manera inversamente proporcional a la disminución de la distancia que ponen entre los bebés y ellos. Si los papás se quedan cerca del vientre de la mamá y luego toman parte en el cuidado del recién nacido, seguramente lo escucharán y éste les sonreirá igual que a la madre, pero hay que darle tiempo y oportunidad al bebé de que lo seduzca y esto a la distancia no funciona.

Es innegable la capacidad del bebé para establecer vínculos afectivos con quien le brinde los cuidados necesarios, sea la madre, el padre o cualquier otro adulto, lo que es vital para el niño es el contacto con otro humano y que éste cuide de él. Si en vez de la madre biológica, es una madre adoptiva, el padre o la abuela, no tiene la menor consecuencia en el corto y mediano plazo, siempre y cuando el vínculo se establezca desde un principio, es decir, desde antes de la concepción, de manera constante.

Es probable que los padres sean las mejores personas para hacerse cargo de sus bebés, ya que, si bien, el famoso llamado de la sangre no ha podido hasta ahora ser demostrado científicamente, es seguro que a nivel de las representaciones mentales de ser padre - es decir, que uno piense y crea que tal niño es su hijo - tiene un peso y un determinismo absoluto, se tenga o no un correlato biológico. Ante esto, se puede afirmar que la paternidad se juega a nivel de la vida psíquica del sujeto. El hombre además de “creerse” padre, debe “querer ser” padre, porque si no quiere, se auto-convencerá de que él no es el padre y pondrá todo tipo de barreras para no hacerse cargo de su paternidad.

Entonces, puede que para el recién nacido no sea muy relevante qué persona lo cuide - sus padres o unos vecinos -, pero indudablemente para los adultos no es los mismo hacerse cargo de quien vemos como hijo nuestro, que hacernos cargo del hijo de otro, ya que el lazo que une a los padres con sus hijos es de una calidad fantásticamente superior a la simple ternura o preocupación que uno puede sentir por un niño que no tiene quien lo cuide.

La paternidad dura toda la vida y está cargada de toda una energía que es incomparable a otros vínculos que el niño pueda establecer, resaltando que esto es válido, tanto para el padre como para la madre, y no sólo para esta última.

*Adaptado del Libro Ser padres en el tercer milenio de Jorge Luis Ferrari (2007). Capítulo I