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domingo, 15 de marzo de 2009

Bebé prematuro

Tenía 28 años y mi esposo 35, era mi segundo embarazo. Nuestro primer hijo fue hombrecito, en ese momento ya iba al nido, los quehaceres en casa ya estaban mejor organizados y buscamos la pareja de hijos que planeábamos tener.

Fue un embarazo completamente diferente al primero, gané peso rápidamente, lo cual por supuesto no le agradó al ginecólogo, tenía un hambre desmedido, mi barriga creció a tal punto que el médico nos dijo que podrían ser mellizos. Llegué a aumentar hasta dos kilos y medio al mes y subí veinte kilos en total, quizás si hubiera llegado a los nueve meses hubieran sido más.

Llegando al octavo mes, en la oficina, sentí un hincón, honestamente pensé que eran gases, pero haciendo caso a las indicaciones del doctor y a mi esposo, salí del trabajo y fuimos a la clínica para que me aplicaran la inyección de hierro y de paso consulté sobre el dolor.

Llegué a la clínica aproximadamente a las seis de la tarde, la obstetriz escuchó mi inquietud algo incrédula, pero al revisarme llamó al doctor inmediatamente. Me informó que tenía seis centímetros de dilatación, que la bebé estaba encajada y que el parto era inminente, en ese momento se me rompió la fuente, los dolores comenzaron y mi hija nació aproximadamente a las siete, así de rápido.

Este nacimiento, un mes antes de lo esperado, fue una maravillosa sorpresa, pero al mismo tiempo comenzaron nuestros temores, ya que sabíamos por experiencia familiar (dos sobrinos de siete meses), los peligros y cuidados que surgen con un bebé prematuro.

La bebé nació por parto natural, casi sin anestesia, completamente sana, pero con dificultades para respirar y le dio ictericia. Los días que estuve en la clínica solo pudimos verla a través de la incubadora. Me dieron de alta primero a mí y tuve que ir a casa con una pena indescriptible por tener que dejar a mi pequeña en la clínica por dos días más. Una vez todos en casa, nos sentimos más tranquilos y muy felices. Sin embargo, fue el inicio de los días más críticos y las noches interminables.

Mi pequeña nació con una talla de 45 centímetros y medio y pesó 2 kilos con 370 gramos, por éstas condiciones y en especial por la poca fuerza que tenía, se quedaba dormida rápidamente al mamar. No le fue posible tomar leche materna porque no succionaba y no podíamos contabilizar la cantidad de leche que estaba tomando.

Ante esto, se decidió darle fórmula de manera exclusiva, solo tomaba de 1 a 2 onzas por vez, por lo que requería ser alimentada con mayor frecuencia, comenzamos cada hora y media, día y noche. Fuimos incrementando la leche y disminuyendo la frecuencia de las mamaderas paulatinamente, conforme ella se desarrollaba. Nos tomó alrededor de tres meses llegar a un horario más ordenado.

Preferimos mantener a la bebé en un cochecito de paseo en nuestro dormitorio, rodeada de bolsas de agua caliente, alumbrada con un foco de luz artificial para prevenir la ictericia y con calefacción en la habitación, no la dejábamos sola nunca.
No podía recibir visitas, ni tampoco podía salir a pasear, su pediatra venía a casa para los controles, su desarrollo fue satisfactorio, pero lento.

Nuestra experiencia como padres de una niña prematura evolucionó, del temor inicial al trabajo con amor en equipo, que no solamente nos involucró a nosotros como padres y a su hermanito (el estaba encargado de recibir a las visitas y abrir los regalos que le traían a su hermanita y guardarlos para ella), sino a otros miembros de la familia, sobretodo en los primeros meses, ya que sin la ayuda invalorable de ellos no hubiera sido posible darle toda la atención y cuidado que requería.

Este trabajo en familia ha sido un elemento muy importante en la consolidación y reafirmación de los lazos familiares con aquellas personas que estuvieron a nuestro lado y a quienes nunca nos cansaremos de agradecerles.

Porque en equipo todo se puede

En esta oportunidad, enrumbé a Chincha con muchas expectativas y deseos de hacer un buen trabajo. Sabía que la experiencia de por si iba a ser inolvidable y sumamente enriquecedora, pero estaba latente en mí el deseo de encontrar una mínima mejora en Nueva Canchamaná. Para mi sorpresa, la realidad superó mis expectativas.

Mientras bajaba del auto que nos transportó a la comunidad vino a mi mente el modo en que los niños se habían comportado durante mi primera visita y cómo las precarias condiciones en las que se encontraban les dificultaban tanto la realización de las dinámicas psicológicas de las que me encontraba a cargo.

Sin embargo, conforme trascurría el tiempo me di cuenta que el avance desde mi primer encuentro con ellos había sido muy grande y, por tanto, el bienestar se reflejaba en cada uno de sus rostros, en su manera de jugar y en el ambiente en general. Si en una primera oportunidad, la frustración se había apoderado de mí y me había invadido una profunda sensación de impotencia, ahora todo fue diferente.

En mi más reciente visita, al encontrarme con una comunidad mejor organizada y mejor ubicada se instaló en mí una sensación de bienestar y de esperanza, de que todo lo adverso se difuminaba en el pasado y que de ahora en adelante todo iba a ir mejorando. Tan sólo eso basto para trabajar mejor con los niños, para disfrutar más de cada una de las actividades y para darme cuenta que si se trabaja en equipo todo se puede.

Mi voluntariado, una carpa y muchas sonrisas

A continuación, la psicóloga Jennifer Palacios narra su experiencia sobre su primera participación en el Programa de Apoyo Comunitario para el Bienestar Emocional de Daedalos en la comunidad de Nueva Canchamaná, Chincha.

“La experiencia de realizar este voluntariado es muy enriquecedora, en especial cuando las personas que uno ayuda son aquellas que realmente lo necesitan. Daedalos me brindó la oportunidad de poder realizar un trabajo diferente al que uno efectúa en la capital, ya que es aproximarse a una población que lo ha perdido todo y que requiere de un compromiso y responsabilidad por parte de cada uno de nosotros.
Asimismo, trabajar con niños es una práctica por la cual yo me inclino y deseo realizar en el futuro, por ello, haber facilitado las actividades con ellos me gustó mucho y me dejó bastantes satisfacciones. Es innegable que fue una labor difícil, ya que el nivel de contención solicitado era mayor al esperado y eso me producía un poco de impotencia por sentir que de repente no les iba a brindar todo lo que ellos buscaban.
Sin embargo, el tiempo que estuve con ellos puede ser como una semillita que en el futuro florecerá y curará las heridas. Esto me ayudó a entender que la palabra, el cuerpo y la expresión artística son elementos que facilitan a que el pasado sea elaborado de una manera tal que el presente y futuro puedan ser apreciados de un modo positivo; y así los niños puedan volver a soñar y poder hacer todo lo que siempre han querido realizar”.

Mi experiencia de ser madre de adolescentes

Mi llamo Laura tengo 46 años y tres hijos, la mayor de 24, la segunda de 22 y el menor de 18 años. Sobre mi experiencia de ser madre de adolescentes, pienso que lo más difícil es reconocer que ya crecieron.

Me consideraba una mujer de mente abierta, moderna y buena madre, que lo sabía todo, que mis experiencias en la vida me hacían más sabia que mis hijos. Todo era lindo hasta que llegó la locura llamada “Adolescencia”.

Esperaba con muchas expectativas que mis hijos crecieran, pero cuando crecieron me parecía que todo lo que yo les decía estaba pasado de moda. Los portazos, las malas caras, las torcidas de cara y las frases: “Mamá, ya somos adultos”, “Mamá yo ya sé qué hacer, estoy cansado de que me repitas lo mismo” se hicieron cosas de todos los días.

Yo, con toda la cólera del mundo, pensaba “son adultos cuando les conviene, pero cuando me necesitan, me buscan para decirme que los ayude con esto o que los acompañe para acá”.

La situación con mi hija mayor fue la peor, tuvimos muchos pleitos. Yo quería controlar su vida, en el mejor sentido de la palabra, porque me parecía que estaba equivocada. Hasta en algún momento me pareció media alocada, cuando ella siempre había sido tan centrada. En realidad, tenía mucho miedo que le pase algo malo, esos miedos que tenemos todos los padres. Ella se resistía, se sublevaba, hubo momentos que nos dijimos cosas terribles, muy hirientes.

Parecía que todo era una guerra entre nosotras y yo no podía perder. Luego, pensaba en lo que me estaba convirtiendo y en cómo eso afectaba mi relación con ella, porque ya no sabía cómo hablar con ella, cómo llegar a ella, cómo enfrentar la realidad de que mi hija ya no pensaba como yo. Como adulta, pude darme cuenta que ella ya había crecido y que tendría que aprender de sus errores por sí misma.

Con mi segunda hija, las cosas eran más fáciles algunas veces. Ella siempre fue más dócil, pero también teníamos nuestros encontrones. Tiene un carácter tranquilo, pero cuando se molesta, se molesta. A veces no pensamos lo mismo, pero conversamos y lo arreglamos porque respetamos lo que cada una piensa.

Por último mi hijo de 18 años, con él no sé qué hacer. Mis hijas dicen que es mi preferido, pero si a los tres los amo igual. Tal vez, él es especial porque es mi único hijo hombre y el menor.

Mis hijas me dicen: “Te agarro cansada” o “por cosas menores a nosotras nos hubieras castigado”. Sin embargo, con él todo es más difícil, sobre todo la comunicación. Es mudo! Al menos con mis hijas discutía, pero él no habla. Ese es un problema que mantenemos hasta hoy.

Con todo lo que les he contado, pienso que la adolescencia es una etapa que hay que tratar de comprender. Muchas veces me pregunto si seré buena madre, si lo habré hecho bien o si acaso me estaré equivocando. Lo único que sé es que no me arrepiento de tener tres hijos maravillosos a quienes adoro con todo mi corazón.

Familia, estudios y amigos

Una joven comparte su experiencia de haber nacido con labio leporino y haber pasado por una serie de profesionales e intervenciones. Hoy, a sus 19 años, comprende que la confianza, fortaleza y vitalidad necesarias están en ella misma.

Un día, mi mamá me dijo para ir a ver a una psicóloga. Yo no quería, estaba sin ganas, con la autoestima muy baja y tenía problemas en mi interior, pero mi mamá insistió que fuéramos. Así, que le dije: “Ya, está bien. Vamos”.

Recuerdo que ese primer día llegué, me senté y me quedé mirando a Judith. Me hizo sentir segura y le pude decir lo que pensaba y sentía. Ahora, tengo como un año yendo a terapia y he mejorado. Antes, me sentía el “patito feo” y ahora tengo metas. Hay mucha diferencia, veo mis fotos, mis videos de mis cumpleaños, veo la manera como yo era y no me daba cuenta que no me quería yo misma. Me siento bien yendo a terapia.

Antes, yo era muy dejada conmigo misma, era muy floja con mis estudios, distraída, no captaba lo que me enseñaban y me escondía de mi. Ahora, estoy superando mis cosas y entendiendo otras. Me di cuenta que lo mío no es lo que yo quise creer, sino que soy mejor, que puedo lograr lo que yo quiero sin que nadie me moleste, sin que me digan lo que debo de hacer.

La terapia me hizo valorar más a mis papás. Sea como sea son mis papás y ellos luchan porque yo siga adelante, trabajan fuerte, quieren que yo sea algo en la vida y lo están logrando con sus enseñanzas; especialmente, mi mamá. Ahora valoro todas esas cosas que hacen por mí. Yo sé que no son los padres perfectos, ni yo la hija perfecta. Simplemente, me dan muchas cosas y yo se las agradezco. A mi mamá por ser como es, por estar a mi lado en cada operación que he tenido, por estar detrás de mí, aunque yo le diga “Ya!!!” o “Vete, vete”, pero igual ella está ahí insistiendo. Mi papá, también es así, aunque, a veces, es un poco duro. A su manera me demuestra su cariño, su paternidad.

Como amiga, también, he mejorado, porque antes buscaba a quién regalarle cosas para que fueran mis amigas. Con la terapia me he dado cuenta que no es necesario dar cosas, sino que basta con entregarte como amiga, ayudarse y comprenderse mutuamente. Quien quiera ser mi amigo o amiga, que me quiera tal como soy y que sepa lo que valgo.

Yo recomiendo a los jóvenes que no sean duros con ellos mismos y que no “sufran por gusto” negándose ir a un psicólogo. Creo, que si vas a un lado a pedir ayuda, vas a poder superarte. Yo sé que no toda la vida vas a estar con un bastón al lado. Sé que vas a caer y levantarte y caer y volverte a levantar, pero si tienes la ayuda correcta para guiarte, va a ser más fácil. Van a poder ser mejores y mostrar al mundo que son algo. La autoestima es muy importante y las personas que la tienen baja, si buscan la ayuda indicada y van a terapia pueden demostrarse mucho así mismas y a los demás. Esto me pasó a mí y ahora estoy contenta con los resultados.

Yo nunca había querido aceptar mi forma de ser, pero aprendí que por allí empieza el cambio. Que alguien me diga “eres así o asa”, nunca me ha gustado, pero me hizo entender que con esa actitud también me hacía daño a mi misma.

Hasta ahora todo me ha salido bien, me mantengo activa, quiero estudiar para ser profesora de educación especial. Quiero que esos niños especiales se sientan mejor, ya que hay personas que te molestan. Yo ya superé muchas cosas, ya no estoy en el piso, estoy subiendo mis escalones poco a poco y los estoy subiendo muy bien; si me caigo o me tropiezo me seguiré levantando porque creo que nunca llega la edad de que digas: “Hasta acá”.

Cuando mi bebé nació

El 18 de noviembre de 1996 al medio día, el doctor entro a mi cuarto y me dijo: “tiene que levantarse para ver a su bebe”. Me entregó un niño que se movía mucho al cual debía de cambiarle el pañal y rompí a llorar. Estaba muy asustada, llore cuando le di el biberón, llore cuando le cambie el pañal y llore cuando le cambiaba la ropa.

No sabía cómo hacer para que se calmara y no quería cargarlo para no mal acostumbrarlo, no sabía cómo luchar contra las ganas de tenerlo todo el tiempo en mis brazos, pero sabía que si lo tenía así, luego me iba costar mucho dejar de cargarlo sin que llore.

Cuando mi bebe iba creciendo a veces no sabía qué hacer, quería hacer otras cosas propias de la edad que tenía yo en ese momento, pero se va priorizando, y dentro de uno va creciendo un sentimiento muy fuerte, las emociones cambian y alegran cosas que parecen simples. Recuerdo su primera palabra: té; era alérgico a la lactosa, no podía tomar leche, y aunque tomaba una leche sin lactosa no le gustaba y prefería tomar té.

Como mi carácter es muy alegre jugábamos mucho y a veces no habían muchos limites, jugábamos hasta tarde con sus legos o jugábamos muchas horas, cuando empecé a mirar que sus gritos dominaban a todos en la casa me di cuenta que no quería eso para él. Ahí empecé a enseñarle a comer sentado en su silla de comer, a dormir a la hora establecida en la que todos duermen, a que no se levanta la mano y me dolía el corazón cuando le decía que no, por que ponía una cara muy triste, hacia puchero y lloraba, pero quería que fuera un niño bueno al que todos amen.

Cuando empezó el colegio me daba miedo que vaya solo, quería ir con él porque pensaba que su mundo era yo, ahora que tiene casi 12 años veo con claridad que poco a poco empezó a tener otro mundo, a hacer cosas que no sé y a reírse de cosas que no conozco. Siento miedo de que crezca y se enfrente a tantas situaciones nuevas, pero solo puedo ayudarlo y cuidarlo para que sea un adolescente sano, bueno y feliz.

Seguimos creciendo juntos, yo siento que crecí como madre, aprendí de él y él de mi, su necesidad de saberlo todo a veces me desesperaba porque no tengo mucha paciencia, pero él aprendió que no la tengo y es más calmado. Con el tiempo comprendí que debo dejar de hacer algunas cosas para estar con él y eso me hace sentir bien, soy paciente conmigo y acepto que no puedo hacerlo todo a la vez sin perderme de verlo crecer.

Aprendí a decir que no a muchas cosas que yo si hice de niña y diré que no a futuro a cosas que yo también hice de adolescente, porque ahora me doy cuenta cuales eran las razones por las cuales mi madre me decía que no: amor y cuidado.

Quiero que este bien, feliz, seguro, trato en la medida de lo posible de hacer algo que no hicieron conmigo y es explicarle por qué no, porque no se sale solo a la calle, porque no se ve televisión hasta tarde, porque no se va al colegio con otro tipo de ropa que no sea el uniforme, etc. Quiero que aprenda a respetar las normas de la casa y el colegio para que siempre le sirvan de base, así poco a poco aprenderá cuales son los límites que debe tener para saber quién y cómo es.

Vivir hoy: Todo un arte

Iniciaremos con la regla para vivir en armonía: No suframos por pequeñeces. Nuestra vida no será perfecta sin ellas, pero aprenderemos aceptar con menos resistencia lo que la vida nos ofrece.

Nosotros podemos modificar nuestra vida si modificamos nuestra actitud. Implica el reemplazo de antiguos hábitos que nos permitirán tener una existencia más satisfactoria. Todos nos enfrentamos con diferentes dificultades: distrés, miedos, ludopatías y frustraciones en general.

Sabemos y sentimos que las cosas en todo momento se pueden mejorar, para ello necesitamos no entramparnos en cosas inadecuadas. Así, podremos disfrutar y apreciar lo que tenemos en este preciso momento. Cuando nos decidamos alcanzar esta meta, descubriremos que tenemos mucha energía para ser amables, felices y bondadosos.

El miedo, la desesperación y otros sentimientos en ese tenor requieren una enorme cantidad de energía y agotan la creatividad; motivación de nuestras vidas.

El arte de nuestro bienestar emocional está determinado por nuestra capacidad de vivir en el momento presente. Cuando nuestra atención se concentra en él, apartamos el miedo de nuestra mente. La estrategia es aprender a llevar nuestra propia atención de vuelta al presente.

Cada uno de nosotros construimos nuestra felicidad con esfuerzo, que equivale decir: Vivir como Humano. Nuestro bienestar emocional y nuestra felicidad coinciden con nuestra vida por hacer, con nuestro proyecto de vida y con nuestra transformación como persona. Una vida capaz de sobrellevar el peso de las circunstancias: Es sentir siempre la vida por delante y seguir viviendo con entusiasmo en este preciso instante.

Padre de niña

Primero, ¿cómo ocurrió que llegué a ser papá? No lo tenía planeado, como todo siempre ocurre; pero cuando uno se entera de la situación, nos nace un instinto que nos hace sentir que tenemos que ser responsables alguna vez en nuestra vida. Y ahí empieza a cambiar, ahí empieza la historia.

Mi hija nació más o menos a las 36 semanas, fue prematura. Desde que estuvo en la barriguita lógicamente ya sentíamos que era parte de nosotros. En las noches conversaba bastante con ella, en la barriga todavía. Y hubo una bonita experiencia, porque justo una noche que me echo sobre la barriguita para escuchar sus latidos, sus movimientos, sentirla; es cuando me doy cuenta que mi hija empieza a tener bradicardia. Y fue interesante porque inicialmente dije “De repente me está pareciendo”, ¿no? Y a veces uno empieza a desconfiar de lo que puedes hacer y entonces dije muy bien vamos con los amigos. Nos fuimos con los amigos a las once de la noche y me los encontré en la tienda y me dijeron: ‘Oye estas exagerando, no pasa nada, todo está bien’. Pero como ya estaba en el hospital para qué regresar, y nos quedamos acá porque amigos, amigas, que estaban haciendo guardia nos dijeron: ‘Ya quédense acá’, ¿no? Para qué...’ Y a las tres de la mañana volvemos a encontrar las bradicardias y a las cinco de la mañana nació mi hija a quien tuvimos que sacar por cesárea. Una cosa muy interesante porque parece que ahí ya se había se establecido una comunicación que nos hizo saber que estaba mal, que tenía que salir, ¿no?

Cuando llegó al mundo, lógicamente, la familia estaba emocionada. En casa, cuando llegamos, nos instalamos, procuramos compartir, ¿no? Pero yo miraba que la que tenía que hacer más cosas era mi esposa y yo no, porque tenia que levantarse a media noche, dos o tres veces a dar de lactar, tanto así que habíamos quedado una noche ‘oye que la siguiente noche te toca despertarte ti’ y yo me despertaba pero igual tenía que despertarla porque ella es la que tenía que darle de lactar.

Pero ya de grandecita sí era de cambiarle los pañales. Y a mi me encantaba, te cuento, lavarle los pañales. Esos pañales de gasas que antes vendían, yo los juntaba, hacia mi jaboncillo y los hacía hervir en un ollón, así grande; luego enjuagarlo. Era una delicia lavarle el pañal y ya pues, las veces que podía lo hacía, pero sábado y domingo los pañales eran míos.

Después, de repente lo que siempre me reclamo a mí mismo es no haberle brindado lo suficiente. Yo considero que de repente no le di lo suficiente. Hasta ahora lo he tratado de hacer, pero a veces por cuestiones de trabajo, que no es una justificación, pero no he podido hacer mucho, por ejemplo me hubiera gustado jugar, jugar bastante con mis hijos. He jugado pero no lo suficiente, me parece. Lógicamente la mamá tiene más ventaja en ese sentido, está más tiempo con ellos. Pero de chiquitos jugábamos, bailábamos, hacíamos travesuras las veces que se podía. En las noches era más conveniente, en el día a veces uno tenía que estar fuera de casa.

Mi hija siempre desde que empezó a caminar le ha gustado bailar, le gusta bailar hasta ahora. Y alguna vez también nos ocurrió algo justo recordando como ser padres y realmente con el primer hijo uno aprende a ser padre, nadie ha nacido sabiéndolo ¿no?, siéndolo; pero el instinto te guía. Te despierta algunas cosas, algunas sensaciones en algún momento, pero hay cosas que uno todavía tiene que aprender.

Yo me acuerdo y cuando empezó todavía a caminar, casi gateo, ¿no? Entre gateo y caminata se me cayó mi hija de la cama. Estábamos en la cama echados, revolcándonos como hija y padre y en un momento me venció el sueño probablemente y desperté ya cuando mi hija gritaba en llanto en el suelo. Me dolió más a mí que sinceramente siempre dije bueno, a veces tienen que pasar esto para aprender. Desde esa vez ya me quedaba dormido pero con una mano, agarrándole la mano o el pie, tanto es así que mi hija se acostumbró a dormir agarrándome la oreja y si no podía agarrar una oreja no dormía. Tenía que agarrarme la oreja para quedarse dormida. Una cosa de seguridad supongo, que de la caída ella habrá sentido también, que sé yo. Entonces ella se agarraba de mi orejita y se quedaba privada. Mientras no me tocaba la oreja o cualquier cosa no podía dormir, no dormía.

Pero bueno, después conforme va creciendo, a los 4 años nos dimos cuenta que tuvo un poco de dislalia, una preocupación tremenda, alguna vez lo comentamos creo. Un poco de espasmofenia. Realmente nos preocupó demasiado, nos hizo sentir muy tristes, pensamos que el mundo se acababa. Pero, después lo fuimos superando porque entendimos que somos seres humanos, que no hay nadie perfecto.

Al margen de eso, lo que más me gustó fue que gracias a la terapia que ha recibido, por todo lo que hemos podido llegar, ella sabe manejarse en ese estado difícil, cuando se encuentra así. Es una niña inteligente, nos preocupábamos más por ella.

Cuando nació mi hijo nos dimos cuenta que era un niño más suelto, con todas las ventajas, hasta nos pareció más inteligente. Siempre nos preocupábamos más por mi hija que iba a ser de ella cuando sea señorita, el qué dirán, la sociedad nos preocupaba todo eso. Imagínate una señorita que no pueda conversar bien con sus amigas, de repente va a ser la burla del salón, del colegio, de la sociedad; pero no. Mi hija me ha sorprendido totalmente porque está demostrando que es más inteligente de lo pensábamos. Nosotros incluso decíamos ‘bueno que termine el colegio y después vemos qué hacemos con ella’. Un poco de lástima sentíamos por ella, pero era por preocupación, no por malicia.

Por ejemplo, nos damos cuenta que ella se esfuerza por ganarse los primeros puestos. No es la número uno, pero con todas las dificultades que tiene está dentro de los diez primeros y está peleando. Realmente nos sorprende. En cambio mi hijo que aparentemente tiene todas las ventajas y todo, también le va bien, está casi en los primeros puestos del colegio, pero yo le digo que él la lleva más fácil, porque no tiene que esforzarse, la que se esfuerza es mi hija. Es más responsable, bastante madura. Casi ahí yo diría que hay cosas que el papá no hace mucho cuando los hijos traen ya lo que creemos son dones de la inteligencia, de la sabiduría pero hemos visto que mi hija tiene unos dones especiales. Y ya pues, yo no me puedo jactar de que es gracias a mí porque nace con ella.

Con mi esposa la relación es muy buena, yo creo que también es importante cuando decimos que el ejemplo para los hijos es importante, estoy convencido. A Dios gracias somos una pareja que nos llevamos bien, a Dios gracias que nos entendemos, a Dios gracias que no hemos tenido pleitos mayores que pudieran haber sido influyentes sobre mis hijos. Si hemos tenido algunos problemillas hemos tratado de conversarlo y mis hijos han sido partícipes de cualquier cosa de esas. Tanto así que de broma, en chiste, mis hijos nos dicen que cuando nos peleamos, quieren ver bronca, quieren ver lo que realmente cuentan sus amigos de sus familias. Ellos quisieran ver eso, Mi hija nos dice ‘¿cuando se van a pelear? Nunca se pelean…’ Con su inocencia creen que pelear también podría ser amor o algo interesante. Nos reclamaban ‘¿cuando se van a pelear?’ Y bueno, no ha habido oportunidad en todo caso y si ha habido tengo una pareja que gracias a Dios no es una mujer violenta, ¿no? Tampoco es pasiva, cuando tiene algo que decir me lo dice y a veces hasta me incomoda, pero uno tiene que asimilar porque definitivamente tiene que saber entender. Entonces yo creo que toda esa relación de pareja influye bastante sobre los hijos.

A mis hijos, yo no los obligo a estudiar, no los fuerzo como he visto en otras familias. Ellos hacen sus cosas y me sorprende que estén en buenos puestos en su colegio, eso me hace pensar que la fortaleza de pareja, el concepto de familia que se maneja en el hogar es básico para que se sientan seguros y aprendan. Alguna vez escuche por ahí esa teoría y yo la ratifico en todo momento. Entonces es una bonita experiencia, porque los hijos no solo te dan alegría, te dan preocupación, te dan dolor de cabeza y te dan sentimientos difíciles de describir; pero lo vives, ¿no? Lo vives.

Más recuerdo por ejemplo de mi hija cuando se enfermó, estuvimos al borde de la locura. Fue una simple gripe pero le vino con vómitos, se privó y casi se desmayó. Y nosotros desesperados, la mamá gritando, toda una locura; pero son cosas que aveces ocurren.

Ahora lo que creo que debo inculcarles a mis hijos es el deporte, que es lo que menos hacen. Yo siempre soñaba, pensaba en mis hijos, aunque es egoísta pensar que nuestros hijos hagan lo que no hemos podido hacer nosotros. Pero egoístamente yo me imaginaba a mis hijos unos deportistas, unos talentoso porque a mi me gustaba jugar basket, futbol, hasta voley, natación; o sea, yo he sido una persona muy deportista y soñaba con que mis hijos sacaran algo de eso, y no. Mi hija hizo natación, pensé que por ahí salía algo, pero no. Lo tomó como un hobbie y ella no quiso avanzar más como deporte de competencia.

Ps.: ¿Y en el tema de la disciplina?

Disciplina. Tratamos de manejarlo, siempre en la casa el concepto de que alguien tiene que poner la mano dura y alguien tiene que ayudar o acompañar el sentimiento que uno pueda tener en ese momento, de poner disciplina.

Con mi hija no me acuerdo haberla golpeado nunca, a mi hija. A mi hijo, lo cuál me arrepiento, una vez sí, sí le di una palmada que me dolió más a mí que a él. Era una situación que de pequeño, después fui entendiendo, yo lo miraba a mi hijo como a un hombre, no como a un hijo cuando se dio el problema. Es que yo me acuerdo de una etapa en la que tenía cinco o seis años. Me dio la contra, insistió en la contra y me tiró las cosas por algo que probablemente no le compré, me pidió algo que no lo podía complacer y me sacó de mis casillas cuando yo le decía que no lo haga y no lo haga y me hizo todo lo contrario. Y me tiró las cosas, no se si eran vasos, botellas o qué me tiró y le di un palmazo. Saqué la correa pero no llegue a darle, después el llanto. Y me dolió más a mí y después tuve que pedirle disculpas, conversamos y entendió.

Felizmente mi esposa estuvo en ese momento para socorrernos, después del llanto y todo, más que dolor de repente era el sentimiento de impotencia, de repente del haber querido algo y yo tuve que imponer algo y probablemente me habrá visto como un ogro en ese momento y la impotencia pues del llanto. Con mi esposa eso siempre hemos dicho, ¿no? Así sea que nos hayamos equivocado se dijo no y es no. Tratamos de no contradecirnos en lo que es disciplina. Después de eso no hemos tenido mayores cosas.

Ahora sí, que de repente ya lo estoy viendo un poco más difícil porque ya han crecido. Ya reclaman. Tienen trece años mi hija y mi hijo tiene diez años. Mi hijo es el más rebeldón que de repente ya me a dicho ‘papá, por si acaso, soy un ser humano y usted no me va a obligar a lo que se hace poco’. Le digo:

- Hijito vamos a cortarnos el cabello.
- No, no me lo voy a cortar.
- Vamos a cortarnos el cabello.
- No, no me voy a cortar.
- Vamos hijo y de pasada compramos un helado.
- No, no quiero.
- ¿Y por qué no quieres?
- No, no quiero. ¿Cuándo voy a hacer lo que yo quiero?

Entonces un poco levantando la voz le digo:

- Hijito, cuando tú salgas con tus dieciocho años y salgas de la casa y no estés bajo mis condiciones, quizás.
- Pero, ¿por qué yo tengo que soportar tus condiciones? ¿Quién eres tú?
- Piña yo soy el que lleva la plata y lamentablemente hay que acomodarse, hay reglas.
- ¿Por qué yo tengo que obedecer las reglas de San Gabriel, las reglas de la casa? No son mis reglas, mis reglas son otras.
- Pero es así. El día que cumplas dieciocho años harás lo que quieres y lógicamente, tendrás tus reglas.

Entonces como que ya empieza a reclamar algunas cosas y no quería dar su brazo a torcer. Pero al final fuimos, regreso un poco molesto, incómodo. Como que lo presioné un poco, no fue a la fuerza, de ninguna manera. Pero, como que al negociar él pierde siempre porque siempre le saco algo, yo, de ventaja por la forma como le planteo las cosas. Pero ya está incómodo. Entonces, cosas así, pero tengo que negociar bastante con él, porque procuro que él también entienda las cosas; que no todo es gratis, ni cae del cielo. Felizmente algunas cosas me las pide, entonces ahí tengo que aprovechar de negociar yo también.

La mayor es más... no creo que sea sumisa, se acomoda mejor a las normas. Yo le digo que esta cosa va a ser así y ‘ah, ya’, no se hace problema, se acomoda. Por ejemplo, un día me dice ‘Papá, voy a ir a tal sitio a tal hora’ y le digo ‘Es muy tarde. Mira, no hay quién te lleve’. Pero en lo posible, si hay otra reunión en la que es posible llevarla; sí tratamos, la llevamos o se va con mi esposa, qué se yo. Básicamente por el tema de estar siempre pendiente de ella. Y si tratamos de que vaya a toda fiesta que haya en el colegio, la llevamos con sus amigas, quiere hacer clown, quieren hacer de todo; nosotros siempre tratamos de apoyarla.

Algo interesante, hicimos una chocolatada acá para los niños e hicieron su clown. Mi hija en el colegio no quiere participar en teatro, se siente así un poco disminuida. Pero sus amigas le dicen ‘vamos María Pía, vamos a hacerlo’. Y ese día me sorprendió. Habrán ensayado, no sé, una vez semanal y un mes así semanal y bien bonito. Ha hecho su clown, todo un gran cuento. No es una copia de un cuento que lo leíste, nada. Un drama muy bonito que hicieron con motivo navideño. Claro que hay también entre las chicas había una que era líder, ¿no? Porque la veía que ya tenía bastante experiencia en eso. Pero cuando veo a mi hija actuar y todo, o sea la veo con unas condiciones muy especiales. Así, se engancho rápido. En cambio sus amigas están participando en el cole ya buen tiempo en teatro, en cambio a ella la arrastraron porque se hicieron sus amigas, ¿no? Y ya pues mi hija es así.

A mí, sinceramente, mi hija me trae muchas sorpresas muy muy bonitas. No es de las que quiere rebelarse; pero sí, lamentablemente sus hormonitas empiezan a moverse y ya está pues con la curiosidad. Está como que despertando y lógicamente, a mí me preocupa pues, como padre. Procuramos hablarles las cosas. Ellos saben como vienen los hijos al mundo, saben todo.

Saben qué cosa es estar en pareja, cuando es estar de enamorados, cuando pasa el límite de enamorados a una vida sexual, a una pareja con vida sexual. Casi siempre la ventaja es que, como casi siempre, los casos que manejamos los comentamos en casa, entonces ellos están bien atentos a eso. Colaboran.

Sólo que yo hubiera querido, por ejemplo, con mis hijos hacerles sentir más lo que es la productividad económica. Por ejemplo, me hubiera gustado dejarlos ahí vendiendo un helado quizás un día o una experiencia de esas. Que sepan por donde llega el sol del cuál comemos. Eso también como que me hace sentir un poco mal. Yo siempre hubiera querido que mis hijos entiendan, valoren lo que es un sol. Ellos aparentemente entienden, pero me gustaría verlos que se ganen un sol.

De repente, digo, soy muy egoísta porque estoy pensando lo que yo he sido, ¿no? Porque yo aprendí a ganarme un sol desde los cinco años. Cinco, seis años… seis años. Me acuerdo hasta ahorita con claridad que con mis hermanos vendíamos periódicos de canillitas. Y hasta ahorita me acuerdo que mi tío me hizo una alcancía de maderita de esos cajones de fruta. Mi primer sol, esa moneda grade, me acuerdo. Me acuerdo de haberla echado y sentir ese placer cuando cae la moneda en un cajoncito. Un ruido pero muy delicioso que hasta ahora no me olvido, te juro que no me olvido. Ese fue el primer sol que me gané con mi sudor. Cinco, seis años. Desde esa edad nunca me ha faltado un sol en el bolsillo porque siempre me lo he ganado. Hasta en la escuela hacía la tarea de las niñas que eran flojas y me daban galletas, me daban todo. Mi mamá era negociante y siempre me llevaba al negocio y mi mamá me pagaba, pues tal cosa hacía me daba mi sol, mis dos soles.

Y con mis hijos yo quería eso, pero me siento mal de no haber logrado hasta ahora. Bueno, porque a veces no le tocó a mi flaca. Porque de repente mi flaca eso no lo ha vivido, ¿no? Porque de repente ha tenido más tranquilidad. Y le comento y como que la idea no va con ella, ¿no? Me dice ‘no, déjalos descansar, déjalos a los chicos’ y bueno, ¿no? Pero bueno, no es la única forma de aprender esto, ¿no? Ya otras formas habrán de enseñarles como se gana el dinero, ¿no?

De valores yo creo que mis hijos tienen unos valores únicos. No te cogen nada así no más, no hacen algo que no esta dentro de lo que ya se conversó y eso, ¿no? Un poco no más que mi hijo se rebela, pero por lo que él quiere ser, no porque quiera lastimar a alguien o buscar pleito en otro sitio. Felizmente que el colegio les refuerza bastante eso, por eso decidimos ese colegio también. Al margen que yo se que la desesperación es que nuestros hijos terminen y ya y entren a una mejor universidad, ¿no? Pero hay otras cosas que también hay que pensar, porque así sean profesionales y no van a tener bases sólidas van a ser muy infelices, así tengan plata serán muy infelices.

Entonces, no sé si mal o bien, estamos en ese camino. Y es que bueno, a veces, como te decía, uno hace lo que mejor le parece. Lo mejor posible sin saber a donde vas a llegar. Probablemente la esperanza la tenemos de llegar a buen término, pero a veces no siempre es así.